sábado, 13 de mayo de 2017

Comunidad Hereditaria y Condominio

Nacimiento del condominio
entre coherederos por
la muerte del causante
Leopoldo L. Peralta Mariscal
SUMARIO: I. Planteo del problema. — II. Nuestra opinión. — III. Colofón.
No se puede pensar en que la inscripción
de la declaratoria de herederos
con relación a una o más cosas registrables
del sucesorio pueda “transformar”
la comunidad hereditaria en
condominio, porque este derecho real
existía desde la muerte del causante,
aunque con reglas parcialmente
distintas a las que ordinariamente le
corresponden, pues se aplican normas
especiales mientras dura la comunidad
hereditaria.
I. Planteo del problema
Existió, mientras regía el derogado Código
Civil, una ardorosa polémica en torno
a si la inscripción de la declaratoria de
herederos con relación a una o más cosas
registrables que pertenecían al causante
hacía nacer un condominio y, en caso afirmativo,
qué requisitos debían cumplirse a
tal fin.
La sanción del Código Civil y Comercial,
lamentablemente, no despejó suficientemente
la cuestión.
El tópico no es baladí, pues las normas
que rigen la comunidad hereditaria difieren
en aspectos importantes con las que
regulan el condominio; por ejemplo en la
administración, que en aquélla se decide
por unanimidad (art. 2325, Código Civil y
Comercial; art. 3451, Código Civil) y en éste
por mayoría (arts. 1993 y 1994, Código Civil
y Comercial; art. 2700, Código Civil).
Las dudas interpretativas nacieron en
derredor del artículo 2675 del digesto velezano
y su nota, precepto que no tiene correlato
en el Código Civil y Comercial, que se
refiere sólo tangencialmente a la cuestión
en el artículo 2323, sin aclarar todos los interrogantes
interpretativos.
Dispone el nuevo ordenamiento, a través
del artículo 2323, ubicado en el Título
VI (“Estado de indivisión”) del Libro
Quinto (“Transmisión de derechos por
causa de muerte”), que “Las disposiciones
de este Título se aplican en toda sucesión
en la que hay más de un heredero, desde
la muerte del causante hasta la partición,
si no hay administrador designado”, de lo
que se sigue que después de la inscripción
de la declaratoria de herederos respecto a
una o más cosas registrables determinadas
continúa la indivisión hereditaria (1);
pero, al igual que el viejo estatuto, no resuelve
expresamente si nace un condominio
entre los herederos ni —en su caso—
cuándo.
La nueva fórmula implica un avance, porque
ya no puede dudarse que la mera inscripción
de la declaratoria de herederos,
sin que medie partición, deja subsistente
la comunidad hereditaria, la que no resulta
“transformada” en condominio a partir
de la inscripción registral. Sin embargo,
esto es sólo la parte superficial de un problema
que, en general, no ha sido abordado
correctamente. Para darle solución es menester
analizar previamente los diferentes
criterios doctrinarios que se han sostenido
durante la vigencia del Código Civil, porque
el debate mantiene vigencia en varios puntos.
1. Distintas posturas doctrinarias
Analizaremos las diferentes posiciones
haciendo prevalecer el criterio sistemático
sobre el cronológico, de manera que el discurso
resulte lo más coherente posible.
1) Legón (2) postuló que la partición es,
en esencia, la desintegración de la comunidad
hereditaria; y si bien el codificador
desea que sea material y liquidativa, no
prohíbe que se efectúe mediante la constitución
de un condominio entre los herederos.
Para él, la inscripción de la declaratoria
sólo tiene función publicitaria; no
implica la generación de un condominio
por dos razones: a) el nacimiento de este
derecho real requiere el acuerdo expreso
de los herederos, porque no puede imponérseles
un diverso régimen jurídico al
que estaban sujetos si la ley no lo dispone
y ellos no prestan su conformidad y b) el
condominio sólo puede forjarse mediante
escritura pública “por tratarse de la constitución
de un derecho real”.
2) Goyena Copello (3) extrajo del artículo
2675 del ordenamiento velezano (“El condominio
se constituye por contrato, por actos
de última voluntad, o en los casos que la
ley designa”) y su nota (“Como en los casos
de los gananciales de la sociedad conyugal,
o cuando se prolongue una indivisión...”)
que la ley ha considerado “expresamente”
que la prolongación de la comunidad hereditaria
es una forma de constituir el condominio, siendo relevantes el tiempo transcurrido
y la actitud asumida en el interregno
por los coherederos, de manera que si ese
status se mantuvo por desavenencias entre
los sucesores “de más está decir que no
podrá sostenerse postura semejante”, pero
si el juicio se archivó y los causahabientes
se manejaron como comuneros “en franca
cordialidad” y adoptando las decisiones por
mayoría (art. 2700 del Código velezano)
y no por unanimidad (art. 3451 del mismo
cuerpo) durante un tiempo prudencial, queda
constituido un condominio y extinguida
la comunidad hereditaria con relación a la
cosa de que se trate.
3) Coghlan (4) sostuvo que la inscripción
registral de la declaratoria de herederos
sobre ciertas cosas la transforma inmediatamente
en condominio, entendiendo que
las objeciones que se han formulado a esta
postura son infundadas, a saber:
a) La escritura pública es necesaria únicamente
cuando el condominio se contrata
“originariamente y por primera vez”,
correspondiendo además destacar que no
necesariamente se trata del condominio de
cosas inmuebles, que son las únicas cuyo
título debe plasmarse en escritura pública;
y como el origen del condominio para todo
tipo de cosas es el mismo, la ausencia de
escritura pública no puede ser en abstracto
una causal impeditiva. Asimismo, si hubiera
un solo heredero, a nadie se le ocurriría
exigirle una escritura pública para que demuestre
su dominio, no habiendo razones
más fuertes para considerarla necesaria
en el condominio, lo que —razonando por
el absurdo— llevaría a “requerir la resurrección
del causante con la finalidad de
que éste escriture el inmueble a favor del
sucesor”.
b) La ausencia de previsión expresa en
el artículo 2675 del Código Civil no es dirimente,
pues menta que el condominio nace
“en los casos en que la ley designa”, uno de
los cuales es la prolongación de la comunidad
hereditaria, como se desprende de su
nota.
c) El hecho que la inscripción registral
pueda ser pedida por uno solo de los herederos,
lo que redunda en que los restantes
cambien de condición jurídica inaudita parte,
no es del todo exacto, porque las calidades
de coheredero y condómino coexisten,
ya que “el condominio nace con la muerte...,
la aceptación de la herencia y la declaración
de la calidad de heredero y, siendo
aquélla voluntaria y ésta consecuencia de
la presentación al sucesorio y aceptación
de la herencia, estos actos presuponen, a
su vez, el consentimiento expreso, y no tácito
o presunto, a la formación del condominio”
(5).
Según este autor, el nacimiento del condominio
se produce con la inscripción de
la declaratoria de herederos, sin que sea
necesario que transcurra un lapso temporal,
idea que entiende carente de respaldo
normativo, hallando sustento solamente en
una nota del antiguo Código y, para peor,
sin que sepamos cuánto tiempo sería necesario
a tal fin.
Coghlan terminó admitiendo, en un discurso
que —si no es autocontradictorio—
resulta bastante confuso, que no es la comunidad
hereditaria la que se transforma
en condominio con relación a las cosas particulares
que integran el haber relicto, sino
el dominio del causante a su fallecimiento.
Finalmente reconoció “la vigencia del
condominio sobre las distintas cosas integrantes
del haber hereditario, en caso de
pluralidad de herederos declarados tales
o instituidos por testamento válido, dentro
de los lineamientos del art. 3264 e, incluso,
en la mayoría de los supuestos, antes de la
inscripción en los registros de la respectiva
declaratoria de herederos o del correspondiente
testamento”.
4) Alterini (6) entendió que la comunidad
hereditaria subsiste hasta la partición.
Sostuvo que la transformación del
dominio del causante en condominio entre
los herederos implica la desaparición de la
figura de la comunidad hereditaria, cuyo
régimen no es idéntico. Desde su óptica,
la inscripción de la declaratoria de herederos,
que sólo tiende a su publicitación,
no puede tener “tal energía” como para
transformar la comunidad hereditaria en
condominio sin que norma alguna dé pie a
tan trascendente efecto que, para colmo,
sólo podría ocurrir respecto de las cosas;
y si la inscripción es de por sí insuficiente,
más todavía debe serlo la prolongación
de ese status en el tiempo sin que siquiera
sepamos cuál sería el lapso mínimo necesario.
Para eludir la regla general, según
la cual la comunidad hereditaria subsiste
hasta la partición, no bastan elaboradas
doctrinas, sino que es necesario el respaldo
de la ley, ausente en el caso, sin que las
reflexiones de Vélez Sarsfield en las notas
del Código autoricen a prescindir del esquema
legal.
5) Zannoni (7) dijo que la inscripción de la
declaratoria respecto a determinadas cosas
registrables del sucesorio, si bien no es estrictamente
necesaria para su oponibilidad,
le da una publicidad distinta —y mayor— a
la que ofrece el expediente sucesorio. Pero
allí se agota su virtualidad; no altera el carácter
jurídico de los bienes ni hace cesar la
comunidad hereditaria “por la constitución
de un condominio entre quienes aparecen
en la declaratoria”.
6) Llambías (8) argumentó agudamente
que la índole de los derechos englobados
en la masa hereditaria es la misma, antes
y después de la indivisión; el dominio que
detentaba el causante sobre las cosas particulares
queda transferido a los herederos
“sin intervalo de tiempo” (nota al artículo
3282 del digesto velezano) y, por aplicación
del artículo 3416 del mismo cuerpo
(“cuando muchas personas son llamadas
simultáneamente a la sucesión, cada una
tiene los derechos del autor de una manera
indivisible, en cuanto a la propiedad y en
cuanto a la posesión”), eso ocurre con las
cosas integrantes del patrimonio del causante,
que se transforman en condominio
ipso iure cuando varios herederos suceden
al fallecido en el dominio que tenía sobre
ellas. No hay incompatibilidad entre el condominio
y la comunidad hereditaria, aunque
presenten ciertas diferencias accidentales
en su régimen. Cuando se afirma la
distinción esencial y consiguiente antagonismo
entre esas instituciones no se alcanza
a explicar satisfactoriamente la naturaleza
del derecho de los herederos durante
la solución de continuidad que se interpondría
entre el desvanecimiento del dominio
provocado por la muerte del causante y
la reconstrucción del condominio por un
acuerdo particionario posterior en que los
derechohabientes se adjudican el objeto en
condominio (o la inscripción de la declaratoria
de herederos, para quienes postulan
que da nacimiento a ese derecho real). En
suma, en el instante de la muerte del causante
ocurre que: a) respecto de las cosas,
el dominio se convierte en condominio y b)
respecto de los bienes en sentido estricto,
la propiedad se transforma en comunidad
de bienes que no son cosa (art. 2674 del viejo
Código).
II. Nuestra opinión
No hemos dejado la postura de Llambías
para el final por azar, sino porque consideramos
que es la de base más sólida.
La primera de las dos razones dadas por
Legón es fuerte y, a priori, válida: si la inscripción
de la declaratoria de herederos o
el testamento pueden ser solicitados por
un solo heredero, los restantes no podrían
ser obligados a pasar de un estado jurídico
(indivisión hereditaria) a otro (condominio)
sin prestar su consentimiento. Esto
lo hemos asumido como correcto desde la
magistratura de primera instancia, entre
los años 2002 y 2005, razón por la cual,
pensando —a despecho, en este punto, de
lo que decía Legón— que efectivamente la
registración daba lugar a un condominio,
en el marco de los procesos sucesorios sólo
ordenábamos la inscripción de una declaratoria
de herederos cuando era solicitada
por todos los derechohabientes, en el entendimiento
de que con ese pedido aceptaban
tácitamente pasar del status de integrantes
de una comunidad hereditaria al de condóminos.
Estábamos equivocados.
No hay ningún argumento válido para sostener
que si muere una persona que es dueña
de varios inmuebles en dominio pleno, los
coherederos reciben sobre los predios relictos
solamente un derecho personal; no conocemos
bibliografía que apuntale semejante
punto de vista; sin dudas, los derechohabientes
adquieren sobre las fincas un derecho
real. Como los inmuebles no pueden no
tener dueño, si no corresponden a un particular
pertenecen al dominio privado del Estado
(art. 236, “a”), no siendo este —obviamente—
el caso analizado (atrs. 2277, 2280).
La pregunta correcta, más que alusiva al
género de derecho adquirido, debe versar
sobre la especie.
Si bien se mira, la respuesta adecuada no
puede ser otra que el condominio, porque es
la única comunidad de cosas con jerarquía
de derecho real que otorga a sus titulares,
en conjunto, la totalidad de las potestades
fácticas y jurídicas que se pueden tener sobre
los objetos materiales.
La comunidad hereditaria, que sin duda
integran los sucesores, no es un derecho
real (está abandonada una antigua postura
que lo sostuvo en España con cierto
predicamento (9) y, en cualquier caso, no
aparece dentro de la tipología taxativa
de nuestro Código —arts. 1884 y 1887—),
sino un régimen especial al que están sometidos
los bienes relictos, cuyo efecto
consiste —mientras perdura— en que se
aplican reglas especiales a su respecto
que, en cuanto concierne a cosas cuyo dominio
pertenecía al causante y entraron a
la masa hereditaria, importan una modificación
temporaria de las reglas del condominio.
Si el sucedido hubiera sido dueño de la
totalidad de una cosa al momento de fallecer,
dejando un solo heredero, sin dudas
éste tendría el dominio sobre el objeto
(arts. 2277, 2280). Si sólo hubiese sido
condómino de la cosa y dejara, también,
un único causahabiente, por las mismas
razones nacería en cabeza del sucesor un
condominio sobre el objeto, siendo sus
comuneros los que otrora lo eran del causante.
Estamos convencidos de que estas
afirmaciones no pueden sernos válidamente
disputadas. Pues bien, de ellas se sigue
que si el causante dejó más de un heredero
la situación sólo varía en la medida del
derecho de los causahabientes, pero no en
su naturaleza: si el de cujus era dómino, los
herederos serán condóminos; si el sucedi-
Nacimiento del
condominio entre
coherederos por
la muerte del
causante
viene de tapa
Especial para La Ley. Derechos reservados (Ley 11.723)
(1) La referencia a la administración que el precepto
efectúa se relaciona con que el apartado en que se inserta
(Capítulo 1: “Administración extrajudicial”) regula los
actos que pueden realizar los herederos, justamente por
no estar designada una persona a tales fines, pero no circunscribe
la continuidad de la comunidad hereditaria a
los casos en que no hay administrador, sino que regula
la respectiva problemática en otro apartado (arts. 2345
al 2362).
(2) LEGÓN, Fernando, “La declaratoria de herederos
y la desintegración de la comunidad hereditaria”, JA,
t. XLVII, 1934, ps. 943/955.
(3) GOYENA COPELLO, Héctor R., “Tratado del derecho
de sucesión. Los efectos de suceder”, La Ley, 2007,
Buenos Aires, 2ª edición, t. II, ps. 367/369.
(4) COGHLAN, Antonio R. M., “El condominio sin indivisión
forzosa”, La Ley, Buenos Aires, 1980, ps. 24 a 31.
(5) Esta afirmación se contradice con la postura inicial
del autor cuando sostuvo que “Nosotros opinamos
que la mentada transformación se produce...”, con referencia
a “si la prolongación del estado de indivisión
hereditaria, una vez practicada la inscripción en los registros
de la declaratoria de herederos o del testamento
declarado válido, opera una especie de transformación
de aquella comunidad en un supuesto de condominio
entre los antes coherederos...”. También está cerca de
contradecirse y, cuando menos, es parcialmente incongruente
con su acotación conclusiva: “En suma, nos
pronunciamos por la tesis que admite la vigencia del
condominio sobre las distintas cosas integrantes del
haber hereditario, en caso de pluralidad de herederos
declarados tales o instituidos por testamento válido...
incluso, en la mayoría de los supuestos, antes de la inscripción
de los registros de la respectiva declaratoria
de herederos o del correspondiente testamento”. Finalmente,
encontrar en la presentación al sucesorio y la
aceptación de la herencia un consentimiento “expreso,
y no tácito o presunto, a la formación del condominio”
implica desconocer abiertamente el significado y alcance
de los artículos 917 y 918 del Código de Vélez Sarsfield,
aunque no cabe extenderse en este punto por ser
ajeno a nuestra temática.
(6) Jorge Horacio Alterini,, en LLAMBÍAS, Jorque
Joaquín - ALTERINI, Jorge H., “Código Civil Anotado.
Doctrina. Jurisprudencia”, Abeledo Perrot, Buenos Aires,
1981, 1ª edición, t. IV-A, “Derechos Reales”, p. 2675.
(7) ZANNONI, Eduardo A., “Derecho de las sucesiones”,
Astrea, Buenos Aires, 2008, 5ª edición, t. I,
ps. 492/493.
(8) Jorge Joaquín Llambías, su voto en una sentencia
de la Sala A de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo
Civil, dictada el 30 de junio de 1959 (La Ley, t. 96 -1959-,
ps. 324 a 329).
(9) GUTIÉRREZ FERNÁNDEZ, Benito, “Códigos
ó estudios fundamentales sobre el Derecho Civil Español”,
Librería de Gabriel Sánchez, Madrid, 1881, 5ª
edición, t. seg., ps. 52/55; FALCÓN, Modesto, “Exposición
doctrinal del derecho civil español, común y
foral”, Gracia - Tipografía Industrial Económica, España,
1888, t. II, 3ª edición, p. 20; SÁNCHEZ ROMÁN,
Felipe, “Estudios de derecho Civil según los principios,
los precedentes y cuerpos legales del antiguo derecho
de Castilla, las leyes civiles generales, las especialidades
de las legislaciones forales, la jurisprudencia
del Tribunal Supremo y el Código Civil é Historia
General de la Legislación Española”, Est. Tipográfico
Sucesores de Rivadeneyra, Madrid, 1900, p. 10; VALVERDE
Y VALVERDE, Calixto, “Tratado de Derecho
civil Español”, Talleres Tipográficos Cuesta, Valladolid,
1920, 2ª edición, t. II, Parte Especial - Derechos
Reales, p. 19.
{ NOTAS }
martes 9 DE MAyO DE 2017 | 3
do era condómino, los derechohabientes
también lo serán, aunque no respecto de
la totalidad, sino sobre la parte de la cosa
que pertenecía al causante, que compartirán
con los comuneros del fallecido. Esta
conclusión es, también, derivación del artículo
2280: “Desde la muerte del causante,
los herederos tienen todos los derechos y
acciones de aquél de manera indivisa”; léase
bien: “todos los derechos... de aquél”, no
otros distintos; por lo que si el causante
tenía el dominio, los herederos no pueden
tener sino un condominio, que alumbra instantáneamente
“desde la muerte del causante...”.
Lo medular de las divergencias doctrinarias
precedentemente estudiadas parte
de un error de concepto implícito: no advertir
que el causante, desde el momento
mismo de su fallecimiento, transfiere todo
su patrimonio (salvo los derechos que se
extinguen con la muerte —art. 2277 in
fine—, como el usufructo —art. 2152 inciso
“a”— o la renta vitalicia —art. 1606—);
los derechos personales como personales
y los reales como reales, sin cambio de categoría,
con la salvedad que si hay varios
herederos les corresponden a cada uno
de manera indivisa (art. 2280), por lo que
una obligación en la que el causante era
único acreedor pasa a tener varios acreedores,
y una cosa de la que el de cujus era
único dueño (dómino) pasa a tener varios
dueños (condóminos). Esto, por imperativo
legal, se produce en el exacto instante
del fallecimiento del causante (arts. 2277,
2280), aun cuando los herederos no supieran
que el sucedido había fallecido,
ni que era titular de esos bienes. Es así,
porque la aceptación de la herencia tiene
efecto retroactivo a la muerte del de cujus
(art. 2291); no hay un solo instante en que
los bienes que integraban el patrimonio
del fallecido queden sin dueño, porque por
ficción jurídica —basada en la necesidad
del Derecho de atribuir en todo momento
la propiedad de las cosas a alguien,
por ejemplo para poder cargar la responsabilidad
en caso de que provoquen un
daño (10)— la transmisión de la titularidad
de los derechos reales y personales del
causante es automática (arts. 2277, 2280).
El derecho real traspasado en el instante
de la muerte del causante es el dominio,
que al haber varios herederos se descompone
en condominio (art. 2280). Los sucesores
reciben un derecho real y la comunidad
hereditaria no es tal (ni podría serlo,
porque incluye bienes que no son cosas,
los cuales no pueden ser objeto de los derechos
reales sin una disposición legal expresa
—art. 1883 in fine—), sino una serie
de reglas atingentes a la administración
y liquidación del patrimonio relicto que,
en cuanto conciernen a cosas, modifican
temporariamente las del derecho real de
condominio (por ejemplo, exigiendo que
las decisiones de administración se tomen
por unanimidad —art. 2325— y no por mayoría
—arts. 1993 y 1994—).
Por lo tanto, gran parte de la polémica
doctrinaria reseñada en el número anterior
no tiene sentido, porque parte de la equivocada
premisa de que el causante transmite
a sus herederos, sobre las cosas de su dominio,
un derecho que no es real (por eso, la
gran discusión sobre su “transformación”
en un condominio), lo que resulta insostenible
tanto en el digesto derogado (art. 3417)
como en el actual (arts. 2277, 2280).
No puede entonces pensarse en que la
inscripción de la declaratoria de herederos
con relación a una o más cosas registrables
del sucesorio pueda “transformar”
la comunidad hereditaria en condominio,
porque este derecho real existía desde la
muerte del causante (arts. 2277, 2280), aunque
con reglas parcialmente distintas a las
que ordinariamente le corresponden, pues
se aplican normas especiales mientras dura
la comunidad hereditaria (artículos 2323 al
2329 del ordenamiento actualmente vigente
y 3449 al 3461 del derogado).
Bajo estas premisas, algunos tópicos de
la discusión doctrinaria reseñada se tornan
abstractos, como la absurda afirmación de
que el heredero necesita una escritura pública
para que nazca el condominio, cuando
su afloramiento es espontáneo y automático.
Otros deben ubicarse en sus justos límites,
como lo atinente al efecto de la “prolongación”
de la inscripción de la declaratoria
de herederos que, a lo sumo, podría
determinar que al condominio que nació en
el momento del fallecimiento del causante
pasan a aplicarse enteramente sus reglas,
sin modificación alguna debida a la vigencia
de la comunidad hereditaria; pero como
bien dijo Alterini, una mera prolongación
temporal, sin respaldo normativo y sin siquiera
saber el tiempo mínimo necesario,
jamás podría producir un efecto jurídico
tan vigoroso como modificar el régimen jurídico
de las cosas involucradas. También
es abstracta la ausencia de previsión expresa
en el artículo 2675 del Código de Vélez
Sarsfield respecto al nacimiento del condominio
por fallecimiento del titular que deja
coherederos, porque las reglas de la sucesión
hereditaria rectamente interpretadas
llevan indefectiblemente a la conclusión de
que el condominio nace con la apertura de
la sucesión (arts. 2277, 2280), que no debe
confundirse con la del proceso sucesorio
(art. 699 del Código Procesal Civil y Comercial
de la Nación).
Sí mantiene vigencia el interrogante
atingente a los efectos de la inscripción de
la declaratoria de herederos con relación a
una o más cosas registrables determinadas;
y sobre qué ocurre si la registración no es
pedida por la totalidad de los herederos.
Con base en el viejo Código la respuesta
era difícil, porque ninguna norma era categórica.
Seguimos pensando que la anotación
registral no puede afectar a quienes
no hicieron el pedido —en esto tenía razón
Legón—, por lo que si se considera que dejan
de aplicarse las normas de la comunidad
hereditaria, la solicitud sólo puede despacharse
favorablemente a pedido de todos
los coherederos, tal como resolvíamos desde
la magistratura de primera instancia.
Pero reevaluando el punto, hemos llegado
a la conclusión de que esa registración no
puede hacer cesar la comunidad hereditaria
que, por regla general, termina con la
partición, porque ninguna norma del viejo
Código disponía tal efecto.
En el nuevo ordenamiento no queda margen
para la discusión: las disposiciones relativas
al estado de indivisión de la herencia
“se aplican en toda sucesión en la que hay
más de un heredero, desde la muerte del
causante hasta la partición...” (art. 2323).
Más todavía, ello es sólo así en tanto no
haya un administrador designado (art. 2323
in fine), porque si lo hay, será él quien tome
las decisiones administrativas del caso conforme
a las reglas especialmente previstas
que también difieren de las del condominio
(arts. 2345 al 2362).
III. Colofón
Tanto en el antiguo ordenamiento como
en el nuevo, la inscripción de la declaratoria
de herederos sobre cosas determinadas
tiene únicamente efectos publicitarios; no
hace nacer un condominio, porque ya existía,
ni hace cesar la comunidad hereditaria,
pues sólo concluye con la partición
Fuente: La Ley, Director Jorge H Alterini AÑO lxxXI Nº 86
BUENOS AIRES, argentina - martes 9 de Mayo de 2017,Tomo La Ley 2017-cISSN 0024-1636 pag 2 a 3

No hay comentarios.: